Renovación de liderazgos: forma, fondo y táctica

Junio/2021

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Por Ignacio Belisario Rodríguez

Abogado de la Universidad Católica Andrés Bello, con una especialización en Análisis Político de la misma universidad y una Maestría en Análisis Político y Electoral de la Universidad Carlos III de Madrid. Consultor Político para clientes de distintos países y especialista en análisis de datos.


En las últimas semanas la propuesta de realizar un proceso de renovación del liderazgo político opositor, mediante una consulta directa a la ciudadanía, ha generado menos cobertura mediática de la que debería. Con las miradas comunicacionales centradas en la designación de nuevos rectores del CNE, la propuesta realizada por el exalcalde de Sucre, Carlos Ocariz, no ha tenido el alcance y la tracción que -en mi opinión- debería. 


Bajo la premisa “no podemos ser líderes sin pueblo” se planteó el 5 de julio del año en curso como la fecha para realizar dicha consulta a todos los venezolanos mayores de edad. La finalidad sería dotar de legitimidad a los líderes que reciban el apoyo mayoritario de la gente, no convertir el evento en una nueva “consulta popular”. 


A través de este proceso se buscaría legitimar a los líderes opositores en todos los niveles -parroquial, municipal, estadal y nacional- mediante un sistema de elección mayoritario, en el cual los líderes con más “votos”, serían los encargados de dirigir los esfuerzos democratizadores de la oposición.

la crisis de legitimidad en la cual se encuentra inmerso el liderazgo opositor se debe, en gran medida, a su incapacidad de deponer los egos en favor de una unidad estratégica y de visión que trascienda las alianzas meramente electorales.

Comparto la utilidad y pertinencia de esta propuesta, pero tengo ciertas consideraciones de forma, fondo y tácticas respecto a la misma. La primera consideración de fondo es que la crisis de legitimidad en la cual se encuentra inmerso el liderazgo opositor se debe, en gran medida, a su incapacidad de deponer los egos en favor de una unidad estratégica y de visión que trascienda las alianzas meramente electorales. 


De allí que la primera consideración de forma que considero pertinente es que una consulta, basada en un sistema de elección mayoritario, profundizará las rivalidades internas entre los líderes de oposición y acabará por potenciar las divisiones que hacen inviable una unidad duradera. 


La dinámica de juegos “suma cero” o de “todo o nada”, que han imperado en la política venezolana desde mucho antes de la llegada del chavismo, fueron los polvos que trajeron este lodazal del cual no encontramos cómo salir. Cualquier propuesta que aspire a transformar dicha realidad debería partir de rechazar cualquier vía que intensifique la concepción política según la cual, para ganar, los demás deben perder.


Dicho esto, creo que una buena forma de evitar estos derroteros adversos a la causa del pluralismo democrático sería que la elección de los liderazgos estuviera regida por un sistema de elección “múltiple” en el cual los ciudadanos pudiéramos emitir 3 “votos” a favor de tres líderes de nuestra preferencia. Este sistema crearía una estructura de incentivos para que los actores políticos de oposición cooperen entre sí. 


Entre otras cosas porque si el líder “A” sabe que los “votantes” del líder “B” lo pueden favorecer, como segunda o tercera opción de preferencia, le resultaría contraproducente atacar a “B” y arriesgarse con ello a alejar los “votos” de quienes consideran a dicho líder como su “primera preferencia”.

Otra ventaja de este sistema es que el líder elegido resultaría electo por la “mayoría del consenso” y no por la “mayoría de los votos”. Me explico: si el líder “A” resulta elegido, esto se debería a los “votos” de quienes lo escogieron como primera opción, pero también gracias a aquellos que, habiendo “votado” por “B”, “C” o “D” como primera opción, lo hicieron por “A” como segunda o tercera opción. 


De esta manera, la elección del líder “A” sería producto del consenso de los votantes y no la victoria de una mayoría sobre los demás. De esta forma, se evitaría el juego “suma cero” creando un sistema de incentivos para la cooperación entre los líderes políticos, a los cuales le resultaría más beneficioso cooperar con sus adversarios que no hacerlo. Este sistema de votación no jerarquizaría el valor de cada uno de los 3 votos. El orden jerárquico sería exclusivamente para la consideración del elector, en función de sus preferencias, por lo que cada voto valdría lo mismo. El elector podría incluso emitir un único voto por el líder de su preferencia.


La totalización y anuncio de los resultados se realizaría segmentando el orden de preferencias para garantizar la transparencia del proceso y para que sea de conocimiento público que el líder elegido fue aquel capaz de generar la mayor cantidad de consenso entre los electores. De esta manera, un líder con una gran cantidad de apoyo, pero también con un alto grado de rechazo, probablemente no sería capaz de resultar elegido, lo cual favorecería la unidad política y ciudadana.


Por otra parte, otros cuestionamientos de forma: ¿por qué realizar un proceso de elección que favorece un modelo de liderazgo individual en vez de uno colectivo? ¿los líderes elegibles provendrán exclusivamente de los partidos políticos o podrían los líderes de la sociedad civil aspirar a representar a sus conciudadanos? 


Una posible respuesta a esas interrogantes sería escoger a más de un líder en cada nivel, garantizando una representación equitativa de los sectores políticos y de la sociedad civil. De esta manera, se podría potenciar la coordinación intersectorial, además de garantizar un sistema de contrapesos en los procesos de decisión y acción, lo cual evitaría concentrar toda la representación, de una división político-territorial, en una sola persona.


Posterior a la elección del liderazgo habría que plantearse otras preguntas como: ¿cuáles serían los mecanismos y reglas para los procesos de decisión del liderazgo elegido? ¿cómo se dirimirían los desacuerdos y garantizaría la acción unitaria/cohesionada? Sin embargo, por motivos de espacio dichas consideraciones quedarían para un artículo posterior.


Finalmente, desde una perspectiva táctica, este proceso de renovación de liderazgos mediante elección/consulta debería ser utilizado estratégicamente para la construcción de un movimiento social. La tercera ola de democratización (Samuel P. Huntington dixit) que se produjo en más de treinta países entre 1974 y 1990 demostró la eficacia, de los movimientos sociales organizados, para deponer regímenes autoritarios y lograr la redemocratización del sistema político. En tal sentido, no se me ocurre una oportunidad más idónea para iniciar la construcción de un movimiento social nacional que un proceso que requeriría de un alto grado de coordinación política y social en todos los niveles. 


El proceso de renovación de liderazgos sería así el pretexto perfecto para organizar a la ciudadanía descontenta que anhela un cambio, estructurar sus esfuerzos de manera coordinada y garantizar la maximización de recursos -como la no violencia activa- en pro de desencadenar, eventualmente, un proceso de transición democrática. Así, estoy convencido que la consulta podría servir para mucho más que legitimar al liderazgo opositor, pero para ello creo que es necesario hacer estas -y más- consideraciones tácticas, de forma y de fondo.

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